sábado 21 de mayo de 2011
sábado 9 de mayo de 2009
Peregrinos

Hace días que no entro apenas por aquí. ¿Por qué será? Tal vez sea el tiempo, tal vez sean las circunstancias internas o externas.
Veo que hay otros compañeros a los que les está pasando lo mismo y estos días están más alejados de la red. Estoy pensando en el maestro Artea, o en momiji, aunque este último es natural que no entre por aquí ya que está de peregrino en Japón... Ahh, tenía que haber mandado el trabajo a la porra y haberme ido contigo... esos paisajes, esos viejos templos. Bueno, algún día, algún día emularemos a Bashô y sus Sendas de Oku...
Siempre he sido más de viajes interiores que exteriores, pero tiene algo el salir al exterior, alejarse de casa y caminar, caminar sin saber lo que llegará en el siguiente paso. Como momiji me decía el otro martes, caminar centrado en cada paso, sin olvidar que hay que caminar hasta un determinado lugar, pero sin pensar en ello. La meta está en vivir y afrontar cada paso del momento.
De algún modo todos somos peregrinos. ¿No os parece?
miércoles 29 de abril de 2009
Experiencias cumbre: el Kensho
El zen es un camino hacia el despertar, un camino para poder responder a la pregunta "¿quién soy yo?". En este camino hay hitos, momentos importantes. El kensho es uno de estos momentos. Kensho significa ver dentro de la propia naturaleza, caer en la cuenta de la Realidad. Es una experiencia que no añade nada, pero que lo cambia todo; un volteo de la mente que puede cambiar, desde la raíz, la forma que se tiene de ver el mundo y a uno mismo. Hay distintos "grados" de kensho, desde toques superficiales que apenas cambian la personalidad, a toques profundos que transforman a la persona entera.
Recuerdo que hace unos años alguien hizo una pregunta el último día de un sesshin:
"Llevo mucho tiempo leyendo sobre el kensho pero, ¿es algo que sucede hoy en día, o simplemente era algo que se daba entre los grandes maestros del pasado?"
Era diciembre, estábamos reunidas unas 60 personas. La maestra guardó unos instantes silencio y después, sonriendo, dijo: "Un tercio de las personas presentes en este sesshin han tenido (en su vida) al menos una experiencia de kensho". Aquella cifra, en su momento, me impresionó.
A continuación voy a transcribir una pequeña parte de un excelente libro: "Los tres pilares del zen". En esta parte se habla del kensho y se relata, entre otras, la experiencia de despertar que tuvo el que llego a ser maestro zen de mi maestra, allí por el año 1953.
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Las siguientes narraciones corresponden a asiáticos y occidentales que viven hoy día entre nosotros, y no son ni monjes ni ermitaños alejados del mundo; son hombres de negocios, hombres y mujeres profesionales, artistas y amas de casa. Todos han entrenado bajo un maestro Zen moderno y han realizado su Propia-naturaleza en uno u otro grado. Sus historias son testimonio de que lo que el hombre ha hecho en el pasado, lo puede hacer ahora; que el satori (kensho) no es un ideal imposible.
Cada una de estas historias va precedida por la edad y ocupación del individuo en el momento de su iluminación. Todas las historias fueron escritas poco después de la experiencia...
Con bastante frecuencia la experiencia mística ordinaria de expansión de la conciencia viene por casualidad y como no está conectada con alguna disciplina que pueda darle sostén y ampliarla, tiene muy poco o ningún efecto sobre la personalidad o el carácter de la persona, y a la larga se convierte sólo en una experiencia feliz.
El kensho no es un fenómeno casual. Como una semilla que germina y surge de la tierra donde se plantó, fertilizó y limpió, el satori llega a la mente que ha escuchado y creído la Verdad y que después ha desarraigado dentro de sí las asfixiantes nociones del yo frente a lo otro. Y del mismo modo que uno debe cuidar a una plantita que acaba de nacer hasta su madurez, así el entrenamiento Zen subraya la necesidad de madurar el despertar inicial a través de la práctica de koanes subsecuentes o de shikantaza hasta que anime profundamente la propia vida. En otras palabras, para funcionar al nivel superior de conciencia que produce el kensho, uno debe entrenarse posteriormente para actuar de acuerdo con esta percepción de la Verdad.
Esta relación especial entre el zazen antes del despertar y el zazen después del despertar se ilustra a través de una parábola de los sutras. En esta historia la iluminación se compara con un joven que, después de vagar durante años en una tierra lejana, un día descubre que su padre hacía muchos años le había legado su fortuna. Tomar posesión de este tesoro, que por derecho le pertenece, y ser capaz de administrarlo sabiamente se equipara al zazen del post-kensho, es decir, la ampliación y profundización del despertar inicial.
¿Qué clase de personas eran estas que, como la carpa de la fábula china que salta la cascada en un poderoso empuje para convertirse en dragón, pudieron elevarse a un nivel más alto de conciencia, a una comprensión totalmente nueva de la indivisibilidad de cualquier forma de vida y de la vacuidad básica de todas las cosas? Ciertamente, ninguna de estas personas tenía un intelecto superdotado, ni tenía poderes supranormales. Todos habían conocido el sufrimiento, pero ninguno había sufrido más que cualquier otra persona. Si de alguna forma pudieran ser llamados excepcionales, lo fueron simplemente por su valentía de "ir quién sabe a dónde por quién sabe qué camino" animados por su fe en su verdadero Yo.
El que busca y no encuentra aún está atrapado en la ilusión de dos mundos: uno de perfección que yace más allá; de una paz sin lucha, de felicidad inacabable: el otro, el mundo cotidiano sin sentido, lleno de dolor y mal con el cual no vale la pena relacionarse. Secretamente quisieran alcanzar el primero mientras abiertamente desprecia el segundo. Sin embargo, se niega a saltar a un Vacío lleno de vida, hacia el abismo de su Naturaleza-Primaria, porque en su más profundo inconsciente teme abandonar el mundo familiar de la dualidad por el mundo desconocido de la Unidad de cuya realidad aún duda. Los que encuentran, por otra parte, ya no están limitados ni por miedos ni por dudas. Dejando a ambos de lado, saltan porque ya no pueden hacer nada más -simplemente deben hacerlo y ya no saben por que- y de esa forma, triunfan.
La mayoría de estas iluminaciones ocurrieron durante sesshin, un vehículo de disciplina espiritual que no existe en ninguna otra escuela del budismo fuera del Zen... El propósito del sesshin, como la propia palabra indica, es permitirle a uno unificar la mente normalmente dispersa de modo que pueda enfocarla hacia adentro como un poderoso telescopio para descubrir su verdadera naturaleza propia...
Ciertamente el kensho no se limita al sesshin, pero el sesshin es sin duda su incubador más potente...
Antes de la clausura formal del sesshin, el roshi dirigirá a todos algunas palabras con este espíritu:
"Un esfuerzo sincero en sesshin jamás se desperdicia aunque no culmine con la iluminación. Llegar a kensho es comparable a la persona que da en el blanco después del centésimo disparo. ¿Quién puede decir que los otros noventa y nueve disparos fallados no se relacionan con el éxito final?
Algunos han alcanzado la iluminación al tomar el té con el que se finaliza el sesshin y otros en el tren de regreso a casa, así que permanezcan atentos en todo momento. Sin tregua, concéntrense en su koan si esa es su práctica, o si están haciendo shikantaza, realicen cada acto con una mente totalmente concentrada. No despilfarren el joriki que han acumulado en este sesshin en conversaciones vanas y vaías, sino que consérvenlo y fortalézcanlo a través de sus tareas diarias."
En una época en que el hombre está siendo dominado por los objetos como nunca antes, donde las tensiones provocadas por el miedo, la ansiedad y la enajenación están socavando la mente del hombre moderno, el hecho de que gente ordinaria pueda descubrir a través de la iluminación un sentido de felicidad en la vida, así como un sentido de unidad y solidaridad con toda la humanidad, señala una gran esperanza para todo el género humano.
LAS EXPERIENCIAS:
1. Sr. K. Y., ejecutivo japonés de 47 años
Noviembre 27, 1953
Querido Nakagawa-roshi:
Gracias por el día tan feliz que pasé en su monasterio.
¿Recuerda usted la conversación que surgió sobre la Auto-realización respecto a aquel americano? En esos momentos jamás me imaginé que en unos cuantos días yo mismo le estaría relatando mi propia experiencia.
El día después de que llamarlo viajaba con mi esposa en el tren de regreso a casa. Iba leyendo un libro de Zen por Son-o, quien, como seguramente recuerda, fue un maestro del Zen Soto que vivió en Sendai durante el periodo de Genroku (1698-1703). Cuando el tren se acercaba a la estación de Ofuna leí esta línea: "Llegué a comprender con claridad que la Mente no es otra cosa que las montañas y los ríos y la ancha tierra, el sol y la luna y las estrellas."
Ya había leído esto antes, pero esta vez quedó tan vivamente impreso en mí que me dejó sorprendido. Me dije: "Después de siete u ocho años de zazen finalmente he percibido la esencia de esta frase." Y no pude reprimir las lágrimas que empezaban a derramarse. Un poco avergonzado de estar llorando entre la multitud, desvié la mirada y me limpié los ojos con mi pañuelo.
Mientras tanto, el tren había llegado a la estación de Kamakura y mi mujer y yo nos bajamos. En el camino a casa le dije: "En el estado de regocijo en el que me encuentro podría subir a las mayores alturas".
Ella contestó sonriente: "Entonces, ¿dónde estaría yo?". Todo el tiempo continuaba repitiéndome a mí mismo la cita que había leído.
Por casualidad ese día mi hermano menor y su esposa estaban en mi casa y les conté de la visita a su monasterio y sobre el norteamericano que había venido a Japón sólo para alcanzar la iluminación. En breve, les conte todas las historias que usted me había contado y me fui a la cama después de las once y media de la noche.
A la media noche desperté abruptamente. Al principio, mi mente estaba nublada; de pronto la cita entró en mi conciencia: "Llegué a comprender con claridad que la Mente no es otra cosa que las montañas y los ríos y la ancha tierra, el sol y la luna y las estrellas". Y la repetí. Entonces de pronto sentí como si un rayo me tocara y al momento siguiente los cielos y la tierra se desmoronaron y desaparecieron. En ese instante, como las olas que suben, me invadió una tremenda sensación de delicia, verdaderamente un huracán de delicia, mientras reía fuerte y alocadamente: "¡Ja, ja, ja, ja, ja, ja! ¡Aquí no hay ningún razonamiento! ¡Ja, ja, ja!" El cielo vacío se partió en dos, entonces abrió su enorme boca y comenzó a reir escandalosamente: "Ja, ja, ja!" Más adelante, uno de los miembros de mi familia me dijo que mi risa no parecía humana.
Ahora estaba recostado boca arriba. De pronto me senté y golpeé la cama con todas mis fuerzas y pegué sobre el suelo con mis pies coo si tratase de hacerlo pedazos, mientras continuaba riendo con todas mis fuerzas. Mi esposa e hijo más joven, que dormían cerca de mí, estaban ahora despiertos y asustados. Mi esposa, tapándome la boca con la mano, exclamó: "¿Qué te pasa? ¿Qué te pasa?" Pero no me di cuenta de esto hasta que me lo dijo después. Mi hijo me dijo más tarde que pensó que me había vuelto loco.
"¡He alcanzado la iluminación! ¡Shakyamuni y los patriarcas no me han decepcionado! ¡No me han decepcionado!", recuerdo haber gritado. Cuando bajé me disculpé ante el resto de la familia, quienes habían bajado asustados por la conmoción.
Me postré ante la fotografía de Kannon (Bodhisatva de la compasión) que usted me regaló, el sutra del Diamante y mi volumen del libro escrito por Yasutani-roshi. Prendí una barilla de incienso e hice zazen hasta que la barilla se consumió, media hora después, aunque parecía que sólo habían pasado dos o tres minutos.
Aún ahora, mi cuerpo tiembla mientras lo escribo.
Esa mañana fui a ver a Yasutani-roshi y traté de describirle mi experiencia de desintegración repentina de los cielos y la tierra. "¡Estoy loco de contento! ¡Estoy loco de contento!", le repetía, golpeándome con vigor sobre los muslos. Surgieron lágrimas y no las pude reprimir. Intenté contarle mi experiencia de esa noche, pero mi boca temblaba y las palabras no se formaban. Finalmente, sólo puse mi cara en su regazo. Me dio una palmada en la espalda, y me dijo: "Bueno, bueno, en realidad es raro experimentarlo a un grado tan maravilloso. Se llama "Alcanzar la vacuidad de la mente". ¡Hay que felicitarte!"
"Gracias a usted", le murmuré y de nuevo comenzé a llorar de alegría. Muchas veces le dije: "Debo continuar aplicándome con energía a mi zazen". Tuvo la bondad de darme consejo detallado sobre cómo seguir con mi práctica en el futuro, después de lo cual me susurró al oído, "¡Mis felicitaciones!" y me acompañó hasta el pie de la montaña con una linterna.
Aunque hayan transcurrido veinticuatro horas, aún siento las secuelas de ese temblor. Mi cuerpo entero todavía tiembla. Pasé todo el día de hoy riendo y llorando yo solo.
Estoy escribiendo mi experiencia con la esperanza de que sea de algún valor para sus monjes y porque Yasutani-roshi me instó a hacerlo.
Por favor, dé mis recuerdos a ese americano. Dígale que aún yo que soy indigno y falto de espíritu, pude captar tan maravillosa experiencia al madurar el tiempo. Me gustaría hablar con usted sobre muchas cosas, pero debo esperar otra oportunidad.
PD. El norteamericano nos preguntaba si es posible que él alcance la iluminación en una semana de sesshin. Dígale esto de parte mía: Que no diga días, semanas, años o aún vidas enteras. Que no diga millones o billones de kalpas. Dígale que haga el voto de alcanzar la iluminación aunque le tome el futuro infinito, ilimitado, incalculable.
Medianoche del 28 (Estas citas del diario se escribieron en los dos días siguientes).
Desperté pensando que eran las 3 ó 4 de la mañana, pero eran sólo las 12:30.
Estoy en paz; en paz.
Siento el cuerpo adormilado, pero mis manos y pies brincaron de alegría durante casi media hora.
Estoy supremamente libre, libre, libre.
¿Debo estar contento?
No hay hombres comunes.
Las campanas del reloj -no las del reloj, sino las campanas de la Mente. El universo mismo son campanas-. No hay ni Mente ni universo. ¡Dong, dong, dong!
He desaparecido totalmente. ¡El Buda es!
"Trascender la ley de causa y efecto, controlado por la ley de causa y efecto", esos pensamientos han abandonado mi mente.
¡Oh, eres! Te reíste, ¿no es así? Esta risa es el sonido de tu entrada al mundo.
La sustancia de la Mente; esto ahora me es luminosamente claro.
Mi concentración en el zazen se ha agudizado y profundizado.
Medianoche del 29:
Estoy en paz, en paz, en paz. ¿Es esta libertad tan tremenda que tengo la Gran Cesación que los antiguos describen? Quien lo pregunte seguramente debe admitir que esta libertad es extraordinaria. Si no es la libertad absoluta o la Gran Cesación ¿qué es?
4 a.m. del 29:
¡Ding dong! El reloj suena. ¡Esto por sí mismo Es! ¡Esto por sí mismo Es! Aquí no hay razonamiento.
Ciertamente el mundo ha cambiado con el despertar: ¿Pero de qué manera?
Los antiguos decían que la mente iluminada es comparable a un pez que nada. Así es, exactamente; no hay estancamiento. No siento obstáculo alguno. Todo fluye suavemente. Todo se desenvuelve con naturalidad. La libertad sin límites está más allá de cualquier expresión. ¡Qué mundo tan maravilloso!
Dogen, el gran maestro del budismo dijo: "Zen es la puerta amplia de la compasión que todo lo abarca".
Estoy tan agradecido, tan agradecido.
Roshi Philip Kapleau,
Los tres pilares del Zen
martes 28 de abril de 2009
Sencillez, curiosidad, alegría

Hace un par de años llevé a un amigo carmelita a conocer a nuestra maestra zen. Tenía intención de entrevistarse con ella. Al llegar, ella salió sonriente a recibirnos y acto seguido nos hizo seguirla por un caminito que pasa delante de su casa: "Venid, os voy a enseñar una cosa". Se paró delante de una flor diminuta que había salido en una de las orillas y nos la presentó. Parecía contenta como una niña pequeña que había descubierto un tesoro y nos lo mostraba. Se trataba de una extraña flor, de la familia de las orquídeas según recuerdo, a la que le gustan los caminos transitados por personas... Nos mostraba la flor y de una manera totalmente natural, espontánea, Algo más. Mira, mira, los milagros te rodean. Alégrate, ¿puedes ver la maravilla? Miré aquella flor sabiendo que no era capaz de ver todo lo que tenía delante, todo lo que transmitía la cara sonriente de mi maestra. Lo recuerdo como una verdadera enseñanza.
Sencillez, espontaneidad, curiosidad por todo, alegría, son adjetivos que van como anillo al dedo para describir a nuestra querida maestra.
Hoy algo que he leído me ha recordado aquel momento:
La clave para sentirnos a gusto con nuestro cuerpo, mente y emociones, para sentir que merecemos vivir en este planeta, radica en la capacidad de suavizarse. Esta gravedad, esta seriedad acerca de todo en nuestras vidas -incluyendo la práctica del Camino-, esta actitud orientada a conseguir algo, de "vamos a hacerlo porque si no...", es el mayor aguafiestas del mundo. Como somos tan solemnes acerca de todo, no hay posibilidad de apreciar nada. Por el contrario, una mente alegre es muy ordinaria y relajada.
Cuando aspiramos a suavizarnos, comenzamos a tener sentido del humor. Las cosas revientan constantemente nuestra seriedad mental. Además del sentido del humor, un apoyo fundamental para una actitud alegre es la curiosidad: prestar atención, tener interés por el mundo que nos rodea. No tenemos realmente que ser felices, pero es útil tener una curiosidad sana sin andar seriamente juzgándolo todo. Y si estamos siempre juzgando, podemos sentir curiosidad hacia ese hecho.
Démonos cuenta de todo. Agradezcamos todo, incluyendo lo ordinario. Así es como nos conectamos con la felicidad y la alegría. La curiosidad estimula la alegría; también la estimula recordar hacer algo diferente. Estamos tan encerrados en la sensación de llevar una carga pesada, pensando que nuestra alegría o nuestra infelicidad son importantísimas, que a veces resulta útil cambiar simplemente la tendencia habitual. Hacer cualquier cosa fuera de lo habitual será útil... Podemos mirar por la ventana al cielo, echarnos agua fría a la cara, cantar en la ducha, salir a correr: cualquier cosa que vaya en contra de nuestra tendencia habitual. Es así como las cosas empiezan a suavizarse.
Acabo de leer una historia acerca de una mujer que había sido pesimista toda su vida. Cuando se hizo mayor, su irritación creció y era difícil estar con ella. Después enfermó de cáncer y, por alguna extraña razón, tras un periodo inicial de resitencia y rabia, en lugar de ponerse más pesismista comenzó a alegrarse. Cuando más abatida se sentía, más contenta estaba. Repetía que estaba contenta de tener ese tiempo para disfrutar de su vida, algo que no había hecho hasta que cayó enferma. Finalmente, el día antes de morir entró en coma. Todos sus familiares, quienes le empezaban a tener más y más cariño tras su cambio después de todos aquellos años de ser insoportable, la rodearon en su cama llorando y empezaron a ponerse pesimistas, se parecían a como era ella antes. Justo antes de morir abrió sus ojos, los vio a todos así de pie y dijo: "¡Caramba! Qué aspecto tan desdichado tenéis todos. ¿Pasa algo malo?". Se murió riendo.
Así pues, lo que dan a entender las frases "Mantén siempre sólo una actitud alegre" y "Si puedes practicar a pesar de la distracción es que te has entrenado bien" es que el mejor regalo que nos podemos hacer es suavizarnos y alegrarnos. Una manera de hacerlo es permitir que la distracción nos haga volver al momento presente. Otra es tener curiosidad. Además, cuando las cosas se ponen realmente duras y nos sentimos atrapados en nuestra alegría o sufrimiento, hagamos simplemente algo diferente para cambiar el hábito.
Pema Chödron,
Empieza donde estás
viernes 24 de abril de 2009
El Tao de lo cotidiano

El estado de ánimo en el que se lleva a cabo un trabajo cotidiano, una tarea de lo más simple, puede tomar un carácter trascendente, mientras que una oración que no apunta más que a la obtención de un favor en este mundo puede estar totalmente desprovista de él.
Lo cotidiano como ejercicio quiere decir que tu manera de estar aquí puede ser una actitud que mantiene el hilo de oro que te une a tu profundidad. Puede tratarse de lavar un plato, limpiar la casa o cualquier otra cosa. Puedes regar una flor sin que tu mente esté totalmente en ello, simplemente porque la flor tiene necesidad de agua. Pero puedes convertirlo en un gesto de amor; eso es algo totalmente distinto. Puedes limpiar la casa de manera superficial, pensando en otra cosa. Pero igualmente puedes hacerlo de tal manera que eso desarrolle tu vida interior. Eso es un trabajo sobre sí mismo.
Cuando se pasa del ejercicio particular a lo cotidiano como ejercicio, creo que la actitud básica es la de entrar al servicio de algo más profundo...
Todo aquello que nos rodea nos responde en función de lo que somos...
Te encuentras en una habitación vacía. Si se transforma en establo o en templo, la causa de ello es tu forma de estar ahí. Por consiguiente, nuestra responsabilidad frente a lo que nos rodea es muy grande. Creamos incesantemente la realidad que nos recrea.
Lo que tenemos que aprender durante el día, es a permanecer.
Karlfried Graf Dürckheim,
Camino de Vida
De repente la primavera ha estallado. Muchas tareas esperan en el jardín que comienza a despertar, y en casa... y muchas veces las considero como si fueran un engorro. Ah, cosas de la ceguera interior. Pero ahora recuerdo un día especial; un día en el que, limpiando el polvo, la tarea desagradable se convirtió en otra cosa muy distinta. Me ha ocurrido otras veces, pero recuerdo aquella vez en especial...
¿Estamos rodeados de oportunidades perdidas?
Sí, yo creo que sí. Cada instante, cada instante...
Demonios, estoy hecho un vago superlativo. ¡Tengo muchas cosas que cambiar!
:o)
lunes 20 de abril de 2009
Bloques de piedra

De vuelta en la red después de tantos días. Primero el trabajo, la Semana Santa después y más trabajo acumulado a la vuelta para terminar la faena, han alejado mi persona de este rincón durante mucho tiempo. Sólo pequeñas incursiones esporádicas me han mantenido en contacto con el resto del mundo...
Bien, ¿y sobre qué escribo ahora?
¿Qué tal sobre algo que sucedió el otro día en una clase?
A ver por dónde empiezo... Resulta que entre otras cosas doy clases de Taichi y Chi Kung a un grupo de personas mayores. Los ejercicios de Chi Kung los van cogiendo con algunas dificultades, pero el Taichi es harina de otro costal y les cuesta mucho más. Es un hecho que un alto porcentaje de personas, al hacernos mayores, vamos perdiendo cada vez más flexibilidad y coordinación. El Taichi requiere no tanta flexibilidad como capacidad de mantener los músculos relajados mientras se practica, y por supuesto requiere también un cierto grado de coordinación en los movimientos... Bueno, vale, para hacerlo bien requiere un alto grado de coordinación: en este arte es impensable mover un sólo dedo sin que el movimiento provenga de un giro desde nuestro centro de gravedad y de una onda que se transmite por todo el cuerpo a través de la columna. Para mover cualquier pequeña parte hay que mover el cuerpo entero. Un mal practicante de Taichi se caracteriza por ser "todo brazos". Mueve sus extremidades de forma inconexa respecto al resto de su cuerpo...
El caso es que mis alumnos mayores tienen auténticos problemas de coordinación. En general mucho más los hombres que las mujeres, que son como bloques de hormigón armado, o como ramas secas que manifiestan una rigidez extrema. Por supuesto hay notables excepciones, pero en un alto porcentaje es así.
Bueno, pues continuando con el relato tengo que decir que llevo meses y meses intentando enseñarles "como Dios manda" los primeros movimientos de la forma. Día tras día repito los mismos pasos, introduzco variantes de ejercicios educativos para que vayan cogiendo el sentido del movimiento y les animo a practicar y practicar para que poco a poco las cosas vayan saliendo y las piezas del puzzle se vayan recolocando naturalmente ellas solas, a su propio ritmo. Reconozco que a lo largo de los meses he ido observando una evolución en casi todas las personas que participan en clase. Esto se nota mucho más cuando entra una persona nueva y sin quererlo, por contraste, hace resaltar los progresos de los alumnos que llevan más tiempo y que en su momento entraron como ella/el. Sin embargo, el otro día pasó algo que me dejó con la boca abierta, riendo, aplaudiendo y dando saltitos...
Como en otras ocasiones habíamos calentado, hecho los movimientos preparatorios y estábamos practicando los primeros movimientos en la forma. En un momento dado me senté y les animé a hacerlos ellos solos. Algo vi en el ambiente que, después, al ponerme de nuevo al frente del grupo, me indujo sin pensarlo a comenzar a incorporar nuevos movimientos de la forma. Y de repente pasó lo impensable: después de machacar y machacar los dos primeros movimientos de la forma durante meses y meses, repitiendo hasta la saciedad una y otra vez, y constatando que no me podían seguir, de repente al introducir uno tras otro estos nuevos movimientos observé perplejo que casi todos me seguían sin haber dado apenas unas pocas explicaciones. No me lo podía creer e intenté una variante, haciendo los mismos ejercicios en espejo al otro lado... y para mi total asombro ahí estaban ellos siguiéndome sin perderse ¡a la primera!
No me lo podía creer, en un día habíamos avanzado más que en todo un año.
Empecé a reír, a dar saltos: ¡¿Qué os ha pasado?! Ellos se reían también. Les había dicho miles de veces que hacer realmente bien los primeros movimientos es lo que más cuesta, que debían repetir y repetir hasta que el cuerpo se los aprendiera y que una vez aprendidos e integrados en el cuerpo este conocimiento les arrastraría a aprender mucho más deprisa el resto de la forma... Y de golpe, allí, delante de mis narices, tenía la constatación de la teoría en una forma que no hubiera podido, a priori, imaginar...
Estaba dando las gracias al grupo diciendo que había sido un enorme placer para mí y que en realidad esa tarde habían sido mis profesores, cuando un alumno alzó la voz y puso la guinda del pastel. R., personaje particular donde los haya, dijo:
"En mis tiempos trabajé en una cantera y tenía que partir enormes bloques de piedra. Recuerdo que el capataz siempre nos decía: no os preocupéis si la piedra no se abre, cada golpe que le dais lo lleva dentro. No os preocupéis. ¡Seguid golpeando y la piedra se abrirá! Y efectivamente, en su momento, todas las piedras -unas antes y otras después- se abrían".
Cuando escuché esta historia quedé todavía más anonadado: durante todos estos años no les he enseñado ni la mitad de lo que ellos me enseñaron a mí esa tarde. El orgullo constituye uno de los principales obstáculos en el camino de la Vida; la humildad es la autopista hacia la Verdad. Con humildad, hasta una pequeña piedrecilla metida en el zapato puede ser tu maestro...
Enormes bloques de piedra. Todos trabajamos de una u otra manera en una cantera. Tenemos nuestros bloques, de todos los tamaños y colores. Quien me iba a decir que al cabo de unos días -concretamente ayer- iba a experimentar de nuevo la verdad de aquella historia de piedras y canteros...
Tercera sentada de la mañana. En el zendo reina el silencio roto de vez en cuando por alguna tos, el ladrido de un perro o el sonido del viento entre los árboles. Desde hace meses "peleo" con mi propio bloque de pedernal. Con cada espiración golpeo su centro, día tras día, mes tras mes... Y ahora estoy sentado aquí, rodeado de docenas de personas que como yo "golpean" sus propios bloques de piedra. Pero hoy es distinto a otros días, hoy... ¡Zas! Un simple volteo de la conciencia traída a la Realidad gracias a la respiración y el bloque se deshace en pedazos. Por fin lo veo. El pedernal se ha convertido en algo tan diáfano como el espacio vacío. Me doy cuenta de que lo sé, pero no sé qué sé. Aún así lo puedo demostrar. Toca la campana, ahora Kinhin. Mientras camino en silencio detrás de mis compañeros tiran hacia arriba las comisuras de mis labios, la sonrisa aflora desde el interior. Luego la entrevista: la maestra me escruta de arriba abajo en cuanto cruzo el umbral. La demostración y el visto bueno. Risas y desahogo: "¡por Dios, me ha llevado 7 meses!" Me mira y se ríe: "Sí, pero seguro que de éste no te olvidarás".
Sonrío, tiene razón, de éste no me olvidaré fácilmente. Un bloque de piedra que no era piedra, a la vista de cualquier caminante con ojos de niño inocente, que no pierda el tiempo en buscarle cinco pies al gato.
martes 7 de abril de 2009
Sobre las crisis
Esta mañana una amiga me ha mandado el siguiente texto por correo electrónico:
No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la oscura noche. Es en la crisis que nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a si mismo sin quedar "superado". Quien atribuye a la crisis sus fracasos y penurias violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones. La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El problema de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones.
Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia.
Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla.
Albert Einstein